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| Sin mascara ninguna |
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Hace unos días Mohamed
partió a la casa de Allah con sus huríes. Quizá os sorprenda que en este blog
hable de un musulmán, pero ha sido una gran pérdida, por ser un buen amigo y
por ser un hombre dialogante y que tendía puentes. El era costurero, aunque su
pasión eran las nuevas tecnologías y las cosas eléctricas. De hecho, se fue
formando en ello y trabajaba para la misión de Fô-Boure como electricista y
reparando cosas, un hacha. Lo más
importante es que, siendo un musulmán ferviente, que todos los días hacía su
oración y cumplía las normas de su religión, a la vez era un hombre dialogante,
con el que se podía aprender mucho y que siempre tendía puentes entre la comunidad
católica y los musulmanes. Por desgracia, seguía sin tener conciencia de que
cuando se va en moto se debe llevar casco, era un desplazamiento corto, a Siki,
y tuvo la mala suerte de tener un accidente y darse un golpe en la cabeza.
Después de diagnósticos mal hechos y malos tratamientos, después de haber
gastado mucho dinero, al final, cuando las cosas no se hacen bien y en su
momento, resulta que cuando parecía que se estaba recuperando, una infección hospitalaria
ha acabado con su vida. Ha sido una gran perdida para todo el pueblo, y así lo
ha demostrado la gente. Que el Dios único que tenemos todos le guarde.
Llevo ya algún tiempo
atendiendo las labores pastorales de mi nueva parroquia, la verdad es que da
gusto poder realizar esta labor evangelizadora, pero también reconozco que no
todo es fácil y cuesta poner en marcha algunas cosas y comunidades. Hay dos
comunidades gando que habían dejado de reunirse y rezar juntos, de hecho,
algunos miembros de esas comunidades han cambiado de religión, pero todavía
quedan algunos católicos de corazón. La cuestión es que nos hemos propuesto
visitarles una vez cada quince días, para poder retomar las catequesis y
compartir con ellos los avatares de la vida. Supongo que, por falta de
costumbre, las primeras visitas, no están siendo lo que desearíamos en cuanto a
número de feligreses, incluso después de tener que pegarte una paliza en la
moto o el quad de noventa kilómetros por caminos poco transitables, e
imposibles para un coche, llegar al pueblo y encontrarte con que la gente no
estaba esperándote, pues la comunicación de nuestra visita no había llegado
bien. Pero también hay momentos realmente bonitos, como el otro día cuando un
grupo de chavales se quedó a escuchar una pequeña catequesis que les hicimos y a
rezar con nosotros, ninguno de ellos había participado nunca en la oración
cristiana. ¿Volverán? ¿Quién sabe? Pero nunca hay que dejar de intentarlo y
volver a comenzar cada día con la misma ilusión que la primera vez que hicimos
algo de lo que estábamos enamorados.
En el libro del Génesis se menciona esta historia, en la que Dios hace que los hombres hablen distintos idiomas para que no se entiendan. El pasado día 25 de enero, celebrando la Navidad con alegría como cada año, tuve sólo siete bautizos de niños pequeños en mi nueva parroquia. Pues siendo el número tan pequeño, bauticé en cuatro idiomas diferentes, peulh, bariba, francés e inglés. No es que sea algo extraordinario bautizar en muchas lenguas por estos lares, pero que con tan pocos niños hubiese tal cantidad de lenguas, me resulto llamativo. Debo decir que ningún progenitor me pidió que bautizará en su lengua, simplemente querían lo mejor para sus hijos, que ellos entendían que era el bautismo, el idioma era lo de menos, aunque ciertamente, creo que a todos les agradó que fuera en su lengua materna o casi. Lo que me ha hecho reflexionar mucho sobre este asunto es el tema de la división. Utilizamos el idioma, la cultura, el origen, la raza, para estar divididos, para despreciarnos, para sentirnos superiores unos a otros. Aquí, con más de 58 etnias distintas, eso tampoco es diferente a otros lugares. Pero me alegra ver que todavía hay espacios de convivencia, donde se sigue recordando qué es lo más importante, donde la gente del sur aprende a rezar en bariba o peulh, porque al fin y al cabo pueden celebrar la eucaristía y no hacen mayor problema del asunto. Donde somos capaces, siendo tan diferentes, de sentirnos una sola familia. Espero y deseo que esta humanidad tan fragmentada y que parece en muchos casos irreconciliable, sea capaz de centrarse en lo importante y saber vivir como una sola familia, donde los idiomas no se usen como arma arrojadiza, sino como vehículo de comunicación y encuentro.
En este año que acaba, en el que a la humanidad le ha tocado vivir unas circunstancias ciertamente especiales por su dificultad, y ha tocado ingeniárselas para resolver muchos inconvenientes, una vez más me fijo en esta gente sencilla, que no han sentido de manera diferente su día a día durante este año. Como siempre han tenido que apañárselas para sobrevivir en un medio hostil, en el que no suelen recibir muchas ayudas, y en el que las epidemias, inundaciones, cortes de caminos, y un largo etc., son algo con lo que conviven con relativa normalidad. Eso les ha creado a lo largo del tiempo una conciencia solidaria, de responsabilidad común, donde no se pueden permitir el ir solamente a lo suyo, pues se necesitan unos a otros para poder ir avanzando. Y emprenden sus pequeños trabajos comunitarios, se ponen de acuerdo para hacer cosas y poder llegar a sus campos, para poder cultivar y dar de comer a su familia. Para eso tienen que construir puentes, llenar de piedras grandes charcos, por no llamarlos riachuelos, etc. Gente emprendedora que sabe que, si no lo hacen ellos, nadie lo hará, pues los “grandes” están demasiado ocupados para acordarse de ellos. Y lo que preparan, lo preparan para lo que ellos necesitan como es normal. Los coches y camiones siguen sin poder pasar, pero ¿Quién tiene algo de eso en sus pueblos? Con que pasen las motos y las bicis, o ellos andando es suficiente. No lo hacen por fastidiar a los ricos que tengan esos vehículos, simplemente trabajan para sobrevivir. De hecho, cuando han visto que para mi era una paliza llegar a los pueblos en moto, en cuanto han podido, han reparado los trozos de camino que faltaban para que pudiera pasar con el coche. Que el año que entra seamos todos más solidarios y emprendedores en favor del bien común y no sólo del particular.
Hace casi
diez años que llegue a estas tierras de Benin, más en concreto a la parroquia
de Fô-Bouré. A lo largo de este tiempo he vivido diferentes experiencias y he
conocido mucha gente. Todo ha sido enriquecedor y sobre todo el poder aprender
de esta gente sencilla, alegre, acogedora. Puedo decir que ha sido mi primer gran
amor africano. Y como todo primer amor lo recordaré con cariño y siempre habrá
una cierta nostalgia en mi corazón. Pero la vida de un sacerdote debe ser
entregarse y amar a tope allá donde esté, y estar dispuesto a cambiar cada
cierto número de años, sobre todo para no acomodarse, ni acostumbrarse a ciertas
rutinas. Eso ayuda también a que las comunidades se enriquezcan conociendo
distintos tipos de servidores de sus comunidades. Mi vocación misionera sigue
intacta, y por eso cogí con cariño lo que un día el obispo de N´Dali lanzó como
un deseo para el que le faltaban sacerdotes disponibles. Este deseo era poder abrir
una nueva parroquia en Bwari, lo que implica hacer una nueva división de la
antigua parroquia de Bembereke. Después de dialogar con él y con mi obispo de
Barbastro-Monzón, me anime a aceptar ese reto y ahora me encuentro en mi penúltimo
día de estancia en Fô-Bouré. Crear una nueva parroquia no es cosa fácil, pero
con paciencia y la ayuda de tanta gente que me quiere y me sostiene, tanto económicamente
como espiritualmente, tengo la absoluta certeza que todo irá bien. Por ahora me
quedaré a vivir en la parroquia de Bembereke con un compañero africano, ofertas
de otros compañeros no me han faltado, pero creo que esto es lo más lógico. Poco
a poco iremos buscando agua, construiremos la misión e incluso si las fuerzas nos
acompañan hasta pondremos luz. La gente de la nueva parroquia está muy ilusionada,
se pasaban más de cinco meses sin ver al sacerdote en la época de lluvias. Así que
espero no decepcionarles.