El pasado fin de semana tuvimos la peregrinación diocesana de los niños. Este año tuvimos tres mil cien niños inscritos más los que no se inscriben. Cada año más niños lo cual es una mezcla de gozo, locura y preocupación. Lo normal es que cada año tengamos un montón de problemas, enfermos, heridas, etc. Pero debo decir que para la cantidad de niños que tenemos es un milagro no tener demasiados casos complicados. Cuando al final de la peregrinación, los distintos pueblos y parroquias estaban cargando en los camiones a sus niños para volver a casa, la comisión diocesana nos reunimos para hacer balance del fin de semana, analizar lo que había estado bien y lo que había que mejorar. En ese momento se acerca el responsable de mi parroquia para decirme que han perdido una niña de cinco años. ¿Cómo es posible? Pues lo raro es que no perdamos cien o doscientos, pero gracias a Dios no ocurre. Les decimos que se pongan a buscar bien y pregunten en los otros camiones. De hecho, les digo que busquen en la parroquia de N´Dali, pues tienen un pueblo que se llama Teme, igual que la parroquia de Bouanri que tiene un pueblo con el mismo nombre. Seguimos la reunión, no sin decirles que nos tengan informados. Como veo que pasa tiempo y no informan, entiendo que la han encontrado, nada más lejos de la realidad. Se han subido a su camión y se han ido a su parroquia sin la niña, y sin decir nada. Cuando yo estaba haciendo visitas para agradecer a las religiosas que han dado de comer a tanta gente, me llaman del santuario para decirme, que el catequista del Teme de la otra parroquia ha traído a la niña al santuario. Supongo que como José y María debía estar preocupado hasta el extremo, pero la verdad es que al ver como aquí se toman estas cosas con tanta calma, supongo que en algo me he contagiado, aunque no totalmente, gracias a Dios.
